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11.14.2010

Eso de la identidad



La identidad y sus implicaciones son hoy centro de un conjunto de debates interesantes en las ciencias sociales y políticas quizá porque el mundo vive una circulación intensa de pueblos que lo habitan.  Pero como los franceses decidieron eliminar su ministerio de la identidad, dejo estas reflexiones:

La identidad colectiva es una idea que rechazan algunos basados en el pensamiento humanista  de Rousseau, Kant y Fichte, quienes valoran como rasgo específicamente humano la capacidad del individuo de oponerse a toda determinación colectiva, a todo legado físico o cultural. Por eso según Rousseau, la perfectibilidad y no la identidad es la que define al ser humano. Otros rechazan  la identidad inalterada porque advierten la vacilación del sujeto coherente, diagnosticada por Nietzsche. Este último nos acostumbró a pensar al individuo como un ser hendido, atravesado por múltiples pulsiones sobre las que no tiene ningún dominio [1].

Estas reflexiones se han completado por estos días con una lectura de Todorov, el humanista que concibe la identidad como un concepto indisolublemente ligado a la cultura[2]. Hay una identidad cultural inicial que no se elige, que aparece con la infancia. (“La única patria es la infancia”, dicen los escritores) Luego ese círculo se amplía en el colegio, con las primeras lecturas, la lengua y las referencias comunes que conforman la cultura esencial. Pero todos tenemos varias identidades culturales que no coinciden entre sí. Por eso todo individuo es pluricultural, por cuando en él (ella) se sedimentan culturas distintas, ser costeño o valluno, casado o soltero, abogado o economista, adulto, adolecente, músico, enfermero, etc.
Además, las culturas están en continua transformación según las  prácticas sociales del grupo al que se pertenezca, pero para construir una representación debemos elegir y combinar, operaciones que no reflejan de forma pasiva la naturaleza de las cosas, sino que las organizan de una determinada manera.  La cultura es la imagen que la sociedad se forma de sí misma. Las representaciones no son un simple reflejo de los hechos, ni sólo aproximaciones estadísticas. La percepción siempre mezcla realidades y ficciones.

Para ser civilizado se requiere capacidad para reconocer la humanidad de los otros, aunque éstos actúen de manera diferente a nosotros; se requiere ponerse en el lugar del otro. Nadie es definitivamente bárbaro o civilizado y cada cual es responsable de sus actos. A este respecto Todorov   provee interesantes aportes a la dilucidación de las ideologías sustentadoras de las discriminaciones. Encuentra que los moralistas franceses del siglo XVII reconocieron que los valores guardan relación con la costumbre y su inserción nacional, con el etnocentrismo y nacionalismo  y con su afirmación de que “lo verdadero se define mediante lo nuestro", lo que consiste en identificar "nuestros valores". Ese es el error. Lo humano y verdaderamente civilizado consiste en no ver las cosas en términos de héroes o santos; o en términos de monstruos o bestias. " The ordinary is paramount to a paradigm in which the humane takes precedence over the abstract ideal almost all of the time. – El secreto está en valorar las virtudes cotidianas. Por encima de lo heroico. Es en lo cotidiano que las personas del mundo moderno encuentran que la pertenencia colectiva es como el aire: no se siente la necesidad hasta que se ve amenazada, pero ese día recupera todos sus derechos.



[1]  Todorov Tzvetan, Destinos de identidad , en: http://www.letraslibres.com/index.php?art=7072
[2] Todorov, Tzvetan. El miedo a los barbaros. Más allá del choque de civilizaciones.
Galaxia Gutemberg Circulo de Lectores. 2008 p.116